Todo esto, de Ayelén Vázquez, es la historia de una relación –sus fases de unión y de separación–, donde además aparecen la familia, la maternidad, el trabajo, la ciudad.

Su lectura es magnética. El registro realista, coloquial, contemporáneo, conecta con el espíritu de época de las escrituras del yo y teje, en una estructura fragmentaria, compuesta de capítulos breves y saltos temporales, una trama donde el amor –más allá de las actualizaciones del siglo XXI: de informalidades, de aperturas, de independencias en la pareja– todavía se inscribe en una tradición asociada a la inestabilidad y el riesgo.

Como alguna vez escribió “el inventor de los diarios literarios”, Stendhal, al comparar el amor con una flor que hay que buscar al borde de un horrible precipicio, o como la propia narradora cuando afirma: “Descubrimos al monstruo (…). El diagnóstico de estrés postraumático fue el primero que nos explicó con más certeza lo que vivíamos de este lado de la trinchera”.

Quizás, la felicidad asociada al amor romántico también entra en conflicto en esta historia por algo que dijo otro francés, Baudelaire: “El amor es el anhelo de salir de uno mismo”. ¿Y qué es lo que pasa en ese deseo paradojal, anti-yo? Difícil de explicar. Todo esto, es lo que pasa. Y es amor y es dolor y es belleza.

Juan Diego Incardona

 

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Todo esto, de Ayelén Vázquez, es la historia de una relación –sus fases de unión y de separación–, donde además aparecen la familia, la maternidad, el trabajo, la ciudad.

Su lectura es magnética. El registro realista, coloquial, contemporáneo, conecta con el espíritu de época de las escrituras del yo y teje, en una estructura fragmentaria, compuesta de capítulos breves y saltos temporales, una trama donde el amor –más allá de las actualizaciones del siglo XXI: de informalidades, de aperturas, de independencias en la pareja– todavía se inscribe en una tradición asociada a la inestabilidad y el riesgo.

Como alguna vez escribió “el inventor de los diarios literarios”, Stendhal, al comparar el amor con una flor que hay que buscar al borde de un horrible precipicio, o como la propia narradora cuando afirma: “Descubrimos al monstruo (…). El diagnóstico de estrés postraumático fue el primero que nos explicó con más certeza lo que vivíamos de este lado de la trinchera”.

Quizás, la felicidad asociada al amor romántico también entra en conflicto en esta historia por algo que dijo otro francés, Baudelaire: “El amor es el anhelo de salir de uno mismo”. ¿Y qué es lo que pasa en ese deseo paradojal, anti-yo? Difícil de explicar. Todo esto, es lo que pasa. Y es amor y es dolor y es belleza.

Juan Diego Incardona